Pues ya está: Pierre y Ana casáronse, ahora en Mex. Fue hermoso. El Mils inventó un ritual que aunque fue juzgado de "boda de escuela activa" acabó haciéndonos muy felices a todos. Lo más agotador fueron las telas. El chiste es que hubiera telas y plumones en las mesas, para que cada invitado anotara un mensaje pa los novios. Eran 150 cuadrados de telas de colores y una tal Jufresa -un día antes de la boda- tuvo la idea de que para amarrarlos debían tener cada uno, en cada esquina, un linstoncito. Primero me vieron medio feo pero a la hora de la hora todos le entraron a la amarradera:


(nótese que Mila y Duende prefirieron coserlos... so old school, tuvimos que reprimirlas porque la verdá es que avanzaban re lento...)
La otra cosa laboriosa fue armar el laberinto. Era un laberinto huichol que los novios debían recorrer. Ésa era la parte más ceremonia de la ceremonia: lo recorrían de espaldas y al encontrarse... estaban casados.
Cuando faltaba un mes para la boda, teníamos un elegantísimo plan de construir el laberinto en alambre y colgarlo del techo para que descendiera sobre la tarima a la hora del ritual. Cuando faltaba un día para la boda, decidimos pintarlo en una gran tela. He aquí el comienzo de la pintada: lo que se dice "la maqueta interactiva"
El viernes, después de tanto preparativo, nos fuimos a dormir agotados, dispuestos a reposar el esqueleto para el bailongo del sábado. (Cabe destacar que la musicalización del bailongo corrió por cuenta del
Don Dani y el Onder, a quienes les estaremos para siempre projundamente agradecidos). Pero un poco antes de ir a reposar, cuando habíamos terminado con los listoncitos, me senté un rato con JB -quien no habla español- a traducir el speech que daría al día siguiente en español.
Y traduciendo se me había ido despertando el vicio del palabreo: para cuando subí a mi cuarto ya era irremediable: tenía instalada la cosquillita de la escribidera. Así que en vez de dormir me puse a escribir en una libretita, y a la mañana siguiente bajé en pijama para solicitar permiso de los novios para leer algo en la fiesta. Ana dio brinquitos y Pierre me abrazó. Yo eso lo interpreté como un afirmativo y al final de la ceremonia del laberinto y el telar, después del de JB, tomé el micrófono y -aunque me temblaba todo el cuerpo y en varios párrafos casi lloro- leí este spich:
26.07.08
Anoche se me acercó Pierre y me dijo “estoy emocionado”. Acababa de pasar una media hora frente a un comal, preparando quesadillas para un alemán semi español, una inglesa medio brasileña, un escalador, su mejor amigo de la prepa, su cuñada -que es bailarina y es también mi amiga más antigua- y para una mexicana de nombres y apellidos tan impronunciables que todos siempre la hemos llamado “Mila”. Viendo aquel desorden de idiomas y cariños entrelazándose con toda naturalidad entre el queso y las tortillas, recordé una vez más esta anécdota: Serían los bajos noventas. Estábamos en los mismos bungaloes de cada año, en Casitas, Veracruz. Como cada año, estaban mis primos y las Rechtman: Ana y Paula. Pero ese año Ana -tres años mayor que Paula y yo-, había dado un insospechado salto hacia esa historia sin fin que por ahí llaman “madurez”, optando por abandonar nuestras coreografías acuáticas en pos de un libro. ¡Un libro! Habrase oído cosa más vil. Ana se echaba en horizontal y se pasaba horas leyendo. Como si allá afuera no hubiera el mar, como si dentro de ella sucedieran juegos de los que no podíamos participar los demás, y a mi eso me daba muchos celos. Sentía que habíamos perdido a Ana para siempre, que se nos había pasado al bando de esa gente rara que prefería los camastros al agua. Bando al que, lo tenía muy claro, yo no ingresaría jamás. Más tarde, claro, yo también entendí todo el bla bla de los libros, pero la historia con Ana se repitió muchas veces más. Estuvieron las mudanzas, la manejada en carretera, la carrera, la albañilería, la vida en pareja… todos pasos en los que miré a Ana precederme. Y aunque de ella aprendí que no había recetas, siempre otorga cierta tranquilidad saber que alguien nos ha precedido. Anoche, sobre un plato de quesadillas multiculturales, yo entendí esto: pueden divergir los caminos y ampliarse los horizontes, pero en el mundo entero existe una sola persona que yo considere mi hermana mayor, y esa persona es Ana. Así que ahora que se casa (por segunda vez pero con el mismo) me resulta natural mirarla con admiración y como esperando que la alegría que destila cuando está con Pierre, sea también hereditaria: que nos inunde a todos algún día. Armados de “El libro de las tartas” y los muchos pairex de esta casa, los novios llevan tres días haciendo pasteles. Son postres que, intuyo, tendrán el sabor de la emoción de él, y el regusto dulce de la dulzura de ella. Son postres de paz, porque siempre otorga cierta tranquilidad que haya gente como Ana y Pierre, gente cuya suma le suma belleza al mundo. Sólo queda pues, invitarlos a todos ustedes a probar los pasteles de esta feliz y por demás sabrosa pareja de novios. Y brindar por ellos. Brindemos.
¡Brindemos!